sábado, 9 de marzo de 2013

EL ANGEL QUE NO PINTA


Me encontraba en medio del brete con mi podadora y de repente se estacionó "mi jardinero". No es mío ni nada parecido, pero es ese acompañante lejano quien, mientras él hace otro patio, yo lo observo desplegando su virilidad y pura testosterona con su trimmer como extensión de... sus brazos. Vestido de camuflaje, botas sin brillo, verdosas, camisa y gorra de protección, sin olvidar sus gafas que no le roban luz a su sonrisa cuando me saluda con ese saludo de "¡Oye pana, estamos en lo nuestro!". Hoy, no fue de lejos, pasó frente a casa, se detuvo y me dijo: "ven acá: estoy en deuda contigo”. Mientras pasas la máquina, yo le pasaré a la orillita con el trimmer... y luego sigo en lo mío porque me queda tiempo. Como buena "aprendiz de recibir" acepté su compañía y le dije: "Dios siempre envía un ángel y hoy lo envió con pantalón de camuflaje". Me contestó: “de hecho, mi nombre es Miguel Ángel, como el pintor, pero no pinto.”

Y proseguimos, manos a la obra. No recuerdo haber tenido mi patio tan descuidado. O más, bien, cuidándose solito, creciendo cada yerba mala o buena, a su antojo, con la maleza ocupando el espacio que siempre le ha pertenecido hasta el día en que me antojé de ese solar. Han sido muchas las prioridades por las cuales he postergado esa faena que tanto me ayuda, no solo por el ejercicio, sino por la creatividad que activa, los estresores que suelto y el poder que me genera… es mi terapia.

Mientras pasaba mi podadora, pensaba en mi fin de semana anterior, cargado de temores ante la situación de mi hermano Rubén y su cirugía, Mamita estaba recluida y así mismo mi amado Georgie y yo, haciendo un poquito para cada quien de esos amores. Hoy dando gracias a Dios porque, después de los menesteres, iré un ratito donde Mamita y luego, a los brazos de mi amado. Hasta que… ¡chuculún, cataplúm…! ¡La navaja de la jodía podadora chocó con el filo de una acera y la doblo! ¡Carajo! Es el primer lugar que se me ocurre convocar. Y las jodías lágrimas locas por salir, pero hoy sí que no les di permiso, tengo que transmutar mi energía de otra manera. Observando a mi ángel con el trimmer, me vio en mi fallido intento de caerle a marronazos a la navaja a ver si la doblaba en su estado original. Pacientemente me pregunto si tenía otra. (Gracias a Georgie que todo lo guarda, si.) Buscó la caja de herramientas y… RESUELTO!!!

Una vez terminada su tarea le di las gracias y me dijo: “es una vida con propósito”. Por mi mente pasó, ofrecerle algo como “paga” y, aunque lo hice, no me sorprendió su respuesta al decirme: “usted fue la que me pago a mí.” Su mirada de orgullo por haber arreglado mi día lo decía todo, porque él, seguramente, podía inferir o adivinar que algunas cosas me estaban ocurriendo al ver mi patio tan descuidado. Y dijo: “no entiendo a veces algunas injusticias”. Mirando al horizonte, ese punto en el que yo marqué con mi mirada el océano que se asoma desde mi patio y que me atrapó esa tarde en que me antojé del solar, le respondí:  “¿Sabes que cuando me ocurren cosas como estas, lo que pienso es que el padre de mis hijos pudo ver mucho antes que yo, las cosas que soy capaz de hacer por mí misma y vivo agradecida?”

…y el ángel partió con el ánimo de quien apenas sospecha el TAMAÑO  de su pequeña-gran acción.