Me encontraba en
medio del brete con mi podadora y de repente se estacionó "mi
jardinero". No es mío ni nada parecido, pero es ese acompañante lejano
quien, mientras él hace otro patio, yo lo observo desplegando su virilidad y
pura testosterona con su trimmer como extensión de... sus brazos. Vestido de
camuflaje, botas sin brillo, verdosas, camisa y gorra de protección, sin
olvidar sus gafas que no le roban luz a su sonrisa cuando me saluda con ese
saludo de "¡Oye pana, estamos en lo nuestro!". Hoy, no fue de lejos, pasó
frente a casa, se detuvo y me dijo: "ven acá: estoy en deuda contigo”.
Mientras pasas la máquina, yo le pasaré a la orillita con el trimmer... y luego
sigo en lo mío porque me queda tiempo. Como buena "aprendiz de
recibir" acepté su compañía y le dije: "Dios siempre envía un ángel y
hoy lo envió con pantalón de camuflaje". Me contestó: “de hecho, mi nombre
es Miguel Ángel, como el pintor, pero no pinto.”
Y proseguimos,
manos a la obra. No recuerdo haber tenido mi patio tan descuidado. O más, bien,
cuidándose solito, creciendo cada yerba mala o buena, a su antojo, con la
maleza ocupando el espacio que siempre le ha pertenecido hasta el día en que me
antojé de ese solar. Han sido muchas las prioridades por las cuales he
postergado esa faena que tanto me ayuda, no solo por el ejercicio, sino por la
creatividad que activa, los estresores que suelto y el poder que me genera… es
mi terapia.
Mientras pasaba
mi podadora, pensaba en mi fin de semana anterior, cargado de temores ante la situación
de mi hermano Rubén y su cirugía, Mamita estaba recluida y así mismo mi amado
Georgie y yo, haciendo un poquito para cada quien de esos amores. Hoy dando
gracias a Dios porque, después de los menesteres, iré un ratito donde Mamita y
luego, a los brazos de mi amado. Hasta que… ¡chuculún, cataplúm…! ¡La navaja de
la jodía podadora chocó con el filo de una acera y la doblo! ¡Carajo! Es el
primer lugar que se me ocurre convocar. Y las jodías lágrimas locas por salir,
pero hoy sí que no les di permiso, tengo que transmutar mi energía de otra
manera. Observando a mi ángel con el trimmer, me vio en mi fallido intento de
caerle a marronazos a la navaja a ver si la doblaba en su estado original.
Pacientemente me pregunto si tenía otra. (Gracias a Georgie que todo lo guarda,
si.) Buscó la caja de herramientas y… RESUELTO!!!
Una vez
terminada su tarea le di las gracias y me dijo: “es una vida con propósito”. Por
mi mente pasó, ofrecerle algo como “paga” y, aunque lo hice, no me sorprendió
su respuesta al decirme: “usted fue la que me pago a mí.” Su mirada de orgullo
por haber arreglado mi día lo decía todo, porque él, seguramente, podía inferir
o adivinar que algunas cosas me estaban ocurriendo al ver mi patio tan
descuidado. Y dijo: “no entiendo a veces algunas injusticias”. Mirando al
horizonte, ese punto en el que yo marqué con mi mirada el océano que se asoma
desde mi patio y que me atrapó esa tarde en que me antojé del solar, le respondí:
“¿Sabes que cuando me ocurren cosas como
estas, lo que pienso es que el padre de mis hijos pudo ver mucho antes que yo,
las cosas que soy capaz de hacer por mí misma y vivo agradecida?”
…y el ángel partió
con el ánimo de quien apenas sospecha el TAMAÑO
de su pequeña-gran acción.
